domingo, 25 de marzo de 2012

El petróleo en la mira

La Jornada, Domingo 25 de marzo de 2012
 
El petróleo en la mira
Arnaldo Córdova
 
En alguna ocasión, el gran revolucionario cardenista de Michoacán Natalio Vázquez Pallares me decía que, en la cuestión del petróleo, la izquierda estaba en la letra de la Constitución y la derecha en el gobierno. Cárdenas no tuvo tiempo para demostrar, desde la Presidencia, lo que quería decir hacer de la industria una palanca para el desarrollo nacional y lo que nos dejó como herencia fueron sólo meros apuntes: utilizar los recursos que produjera para impulsar el crecimiento de la infraestructura del país, de la industria, del campo, de todas las actividades económicas y del intercambio de lo que todos producían, en pequeña o en gran escala. Eso fue lo que quedó inscrito en la Carta Magna.
En la historia real, todos los gobiernos, priístas y panistas, no han hecho más que desperdiciar, despilfarrar y pervertir aquel proyecto histórico. Pemex sólo ha servido para cubrir presupuestos siempre insuficientes por una malísima política de recaudación de impuestos, para endeudar irresponsablemente al Estado y a la nación, y para enriquecer sin medida a políticos y empresarios ladrones y a líderes sindicales corruptos. Eso no ha variado desde la época de Cárdenas, como no sea en el sentido de empeorar cada vez más las cosas.
No sólo se trataba de sacar dinero de Pemex, que es lo único a lo que se ha reducido la política petrolera; se trataba de que la gran industria nacional fuera el detonador del desarrollo, tanto a nivel nacional como a nivel local. Que los requerimientos de la misma, por ejemplo, fueran motivo para que aparecieran por todos lados proveedores de bienes y servicios y las derramas productivas sirvieran para elevar el nivel económico, cultural y social de todos los sectores. Cárdenas había imaginado una industria líder, conductora del esfuerzo nacional que, al desarrollarse a sí misma, empujara a todas las demás. ¡Qué diferente resultó todo!
Claro que, aunque a tirones, la empresa se desarrolló. El auge petrolero de los setenta ayudó en ello. Pero todos los esfuerzos hechos al respecto se desperdiciaron miserablemente y, después de los experimentos sobrexplotadores y depredadores de Díaz Serrano (director de Pemex con López Portillo), la empresa se estancó sin remedio y se volvió presa de la corrupción gubernamental y privada, y de un sistemático y permanente saqueo de sus finanzas (incluido su endeudamiento desenfrenado). A muchos les parece que es una gracia el que ya no se hayan construido más plantas petroquímicas ni se hayan hecho más ductos.
El ex embajador estadunidense Antonio O. Garza veía en la penuria financiera de la empresa nacional la oportunidad para abrirla a la iniciativa privada. Y otro ex embajador, Carlos Pascual, informó al Departamento de Estado que en México la explotación petrolera estaba en franco declive y que el país corría el riesgo, a muy corto plazo, de convertirse en un importador de petróleo. Los documentos de Wikileaks que La Jornada publicó los días 16 y 17 de los corrientes revelan un doble juego: por un lado, de los gobernantes mexicanos, rogando a los gringos que les ayuden a abrir Pemex al capital privado y, por el otro, de los gringos, dándose a querer y mostrando que no están muy convencidos.
Pascual reveló que el 13 de agosto de 2009 la ex secretaria de Energía Georgina Kessel le dijo que la propuesta mexicana para negociar un tratado bilateral para la explotación de los yacimientos transfronterizos buscaba apoyar los esfuerzos de los dos países para permitir que Petróleos Mexicanos realizara alianzas estratégicas con compañías petroleras internacionales. “Kessel –dice Pascual– quiere utilizar la cooperación en el tema de los yacimientos transfronterizos como medio para incorporar a las compañías petroleras internacionales en el desarrollo de las reservas mexicanas, abriendo las puertas a las compañías petroleras internacionales en el sector petrolero de México.”
La derecha siempre nos ha querido aleccionar con el ejemplo de Petrobras, una compañía exitosa a más no poder en todos los renglones: tecnológico, productivo, comercial. La comparación no puede ser más odiosa pues, luego de la política privatizadora de Cardoso, sus gobiernos de izquierda se han aplicado a fortalecer sus finanzas y su política independiente; aparte, Lula creó una nueva empresa dedicada a explorar y explotar los nuevos yacimientos petroleros sin ninguna participación de privados. La que permite Petrobras, por cierto, está bien regulada y sujeta a un riguroso seguimiento.
La derecha no puede ir más allá de la expoliación de la industria y su saqueo sistemático. Y eso es muy actual. Podemos verlo en los planteamientos de los candidatos presidenciales de esa corriente política, Enrique Peña Nieto y Josefina Vázquez Mota. El 18 de este mes, publicaron, junto con López Obrador, sendos artículos en Reforma que nos ayudan a constatarlo. En ellos, sus planteamientos son idénticos: ambos postulan asociarse en contratos riesgo, llamados también de producción compartida, y ambos sugieren que se eche mano de las asociaciones público privadas (que no han acabado de ser aprobadas por el Legislativo) para asociarse con el capital privado en busca de nueva tecnología y capital.
El mismo día, en un breve artículo en Internet, Peña Nieto se desvive recordando la memoria gloriosa del presidente Cárdenas y, no obstante sus propuestas claramente privatizadoras y entreguistas, afirma que la propiedad pública de Pemex debe seguir intocada. También Vázquez Mota lo admite. Y coinciden en que es necesario invertir masivamente en la empresa. También están de acuerdo en que se debe allanar el camino a una reforma hacendaria. Peña nieto acepta que ambas reformas (energética y hacendaria) deben darse al mismo tiempo. El hecho, empero, es que ambos candidatos no ven otra salida que abrir la empresa al capital privado, lo que quiere decir al capital internacional, el único que puede aportar lo que se busca.
López Obrador, en su artículo, comienza por mostrar lo que significaría abrir indiscriminadamente a Pemex. Las empresas privadas no pagan impuestos y, cuando lo hacen, se les devuelven. Si se realizan los planes de la derecha priísta y panista, México sería víctima indefensa de los monopolios y la depredación (como los gasolinazos) dejaría al Estado y a la nación sin recursos propios. Al abatir la corrupción y el latrocinio, para empezar, se liberarían ingentes medios financieros para reinvertir en la planta energética, construyendo nuevas refinerías (las cinco que nos hacen falta desde hace tiempo) y renovando y ampliando la red de ductos. Al florecer la industria, habría nuevas disposiciones de capital. Justo el camino que han seguido los brasileños.
En el libro sobre el nuevo proyecto de nación, quien guste enterarse encontrará múltiples planteamientos de carácter técnico en todos los aspectos que muestran que la tarea de restaurar el proyecto original de la industria petrolera nacional como palanca y detonador de la economía mexicana será ardua y difícil, pero enteramente posible y factible.

Las reformas estructurales pueden marcar la diferencia para que los países superen la crisis, aseguró la OCDE

Las reformas estructurales pueden marcar la diferencia para que los países superen la crisis, aseguró la OCDE

 
24/02/12 - Las reformas estructurales pueden hacer la diferencia en la búsqueda de los países por superar la crisis, impulsar el crecimiento y crear empleos, de acuerdo con el más reciente estudio de la OCDE: Apuesta por el crecimiento (Going for Growth).

"La crisis ha actuado como un catalizador para a las reformas. Aunque algunas veces son impopulares o dolorosas o ambas, lo cierto es que son necesarias para hacer el crecimiento de largo plazo más fuerte, sustentable y equitativo," dijo el Secretario General de la OCDE Angel Gurría. "Sabemos que estos esfuerzos pagarán dividendos en el futuro, y esa es la razon por la que los gobiernos deben mantener vivo el momentum a favor de las reformas”," afirmó Gurría.

El Secretario Gurría presentó el reporte en la Ciudad de México acompañado del Secretario de Hacienda mexicano, Jose-Antonio Meade, en vísperas de la reunión de los ministros de finanzas del G20 los días 25 y 26 de febrero. Dijo, que las recomendaciones específicas para  cada país sobre reformas estructurales son aplicables a todos los países del G20 pues serán estás las que conducirán a sus economías fuera de la crisis.

Desde su lanzamiento en el 2005, este reporte anual identificó prioridades en las reformas clave para impulsar la actividad económica y mejorar los niveles de vida en cada uno de los países de la OCDE. Desde el 2011, el estudio también analiza potenciales reformas en Brasil, China, India, Indonesia, Rusia y Sudáfrica y se ha convertido en parte esencial de las amplias contribuciones de la OCDE al marco del G20 para un crecimiento más fuerte, más sustentable y más equilibrado.

El reporte de la OCDE analiza y compara el progreso que los países han realizado en materia de reformas estructurales desde el inicio de la crisis, abarcando de 2007 a 2011. Muestra que las reformas se han acelerado allí donde más se requieren – en los países europeos golpeados por las crisis de deuda soberana; Grecia, Irlanda, Portugal y, más recientemente, España e Italia.

La nueva agenda europea de reformas ha sido estimulada por la necesidad de consolidación de las finanzas públicas y el mejor manejo de la crisis de deuda soberana. Esto ha llevado a los gobiernos a anunciar y comenzar la implementación de ambiciosas reformas, políticamente difíciles, en áreas tales como los sistemas de pensiones, los mercados laborales y la liberalización de los mercados de productos. “Las reformas estructurales que se están llevando a cabo en Europa eventualmente ayudarán a reducir los desequilibrios económicos que han contribuido a la crisis de la deuda”, afirmó Gurría.

Apuesta por el crecimiento (Going for Growth) motiva a los gobiernos a impulsar políticas para estimular la creación de empleos en un contexto de consolidación fiscal. Esto incluye “blindar” las políticas de activación y colocación de empleos, para que no sean objeto de los recortes presupuestales. También implica reducir las barreras regulatorias a la entrada de nuevas empresas en mercados con alto potencial para la creación de empleos a corto plazo, tales como el comercio al menudeo o los servicios profesionales y reformar los sistemas tributarios de forma tal que estimulen el empleo y el crecimiento. Los gobiernos deberían eliminar los privilegios fiscales que no promuevan el crecimiento y enfocar la recaudación hacia el consumo, los impuestos a la propiedad y los impuestos verdes.

Los beneficios a largo plazo de las reformas son abundantes: los análisis de la OCDE demuestran que una agenda amplia y ambiciosa de reformas podría impulsar el crecimiento del PIB hasta un punto porcentual anual. Sustentado en el análisis de tres décadas de experiencia en materia de reformas, el reporte de la OCDE encuentra que las preocupaciones sobre los efectos adversos en el corto plazo de dichas reformas resultan exagerados. De hecho un número importante de reformas estructurales tendrían un impacto relativamente rápido en el crecimiento, en tanto que sólo unas pocas podrían tener algún costo en el corto plazo.

“El diseño y oportunidad de las reformas importa: En general, un paquete amplio de reformas ofrece resultados más rápidos y contundentes que una estrategia gradual”, finalizó Gurría.

Directora General: Carmen Lira Saade

México D.F. Miércoles 23 de enero de 2002

Contra

Galeano: Argentina, víctima "obediente"
''La lección para el mundo es no comprar el discurso del FMI, que conduce al exterminio''
JAIME AVILES ENVIADO
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Montevideo, 22 de enero. Desde la banda oriental del río de La Plata, a 40 kilómetros de Buenos Aires, lleno de una tristeza que no pretende ocultar pero que lo nutre de hallazgos y revelaciones en el terreno del lenguaje, Eduardo Galeano observa la crisis terminal de Argentina, un país, dice, "víctima de la doctrina universal que aceptó, cumpliendo con todo lo que le mandaron" y al que "ahora, encima, castigan por obediente".
En la Casa de los Pájaros, donde vive con Elena Vilagra en el barrio Malvín, caminando con su perro Morgan por las breves colinas que bajan a la playa, cenando con sus amigos en un restaurante italiano, en cuyos muros aparece retratado junto a Antonio Skármeta, Joan Manuel Serrat o José Saramago, charlando, en fin, con La Jornada hasta altas horas de la noche en el sótano de un antiguo molino habilitado como bar, el escritor uruguayo reflexiona en voz alta, con palabras lentas, que a veces alarga para subrayar su importancia dentro de la frase.
-Argentina hizo todo lo que le ordenó el FMI y está destruida. ¿Cuál es la lección para México?
-No es sólo una lección para México, sino para el mundo, pero en general yo diría que no se crean el cuento: hay que tener un poco más de cuidado; los discursos del poder no expresan, ocultan, disfrazan. La lección es que no hay que seguir comprando ese discurso que conduce al exterminio, no sólo de las economías nacionales, sino que además tiene horrorosas consecuencias y no sólo económicas. Un discurso que no se traduce sólo en un empobrecimiento masivo y en una concentración ofensiva de la riqueza, en la bofetada, el cotidiano insulto, que es la ostentación del poder de unos poquitos en medio del desamparo de tantos...
-¿Cuáles son las consecuencias no económicas?
-Primero, el desprestigio de la democracia. Ahora se la identifica con la corrupción, con la ineficiencia, con la injusticia, que es lo peor que podría pasarle a la democracia. Al fin y al cabo, democracia significa "poder del pueblo" y hasta qué extremos ha sido humillada esta palabra, que ha terminado por convertirse en antónimo de justicia. Mucha, muchísima gente cada vez más lo siente así, sobre todo entre los jóvenes. La democracia es una cueva de ladrones que no sirve para nada y que no hace más que lastimar a los pobres.
''Esta es la visión de la democracia que está teniendo una inmensa cantidad de gente, por lo menos en los países latinoamericanos, y ésta es la consecuencia cultural más grave, porque hay una cultura democrática que hace posible que el ejercicio de la democracia sea algo más que un juego de sombras chinas en la pared''.
-Un caldo de cultivo para el fascismo...
-Otro daño tremendo son las grandes lastimaduras que ha sufrido todos estos años la cultura de la solidaridad. Los lazos solidarios sociales tienen expresiones culturales nacidas del vínculo con los otros. En un sistema que predica el egoísmo y lo practica, la cultura de la solidaridad está siendo muy mal herida. Hoy por hoy la cultura que predomina es la del sálvese quien pueda y cada quien a lo suyo, y el que caiga que se joda. Y eso también me duele muchísimo. Te cuento cosas que me duelen de la realidad cultural actual y que se traducen en un cambio de lenguaje: hay una jodida actualización del diccionario.
Le pregunto por la melancolía que prevalece en países como Argentina y Uruguay, formados básicamente por inmigrantes nostálgicos de Europa.
-Sí -acepta-, estos son países que tienen una población de inmigrantes en su abrumadora mayoría, y allí es interesante anotar que eso está en el fondo de una perplejidad universal ante la magnitud de una crisis como la que está sufriendo Argentina, que es una verdadera tragedia. Perplejidad universal porque no se entiende cómo es posible que ocurra esto en un país blanco, bien nutrido, sin problemas de explosión demográfica, pero el hecho en sí cuestiona las teorías de antropólogos, sociólogos, politólogos y otros ólogos que identifican, por ejemplo, subdesarrollo y pobreza con explosiones sociales, cosas, nos dicen, que suceden en las regiones oscuras del planeta, las regiones condenadas de antemano a padecer la pobreza por su color de piel debido a mestizajes que no dieron buenos frutos. Pero contra esas interpretaciones racistas de la desdicha humana se producen episodios como este de la Argentina y no se explican cómo pudo ocurrir.
-Pero Argentina tiene todo -le recuerdo-, agua, petróleo, trigo, carne, un territorio gigantesco y vacío. Algunos sectores de izquierda piensan que podría salvarse sola.
Galeano descarta la idea.
-Eso es impracticable. Solo no se salva nadie. La única salida para los países latinoamericanos para no perderlo todo o recuperar parte de lo que se ha perdido es que seamos capaces de unirnos. En América Latina los presidentes se reúnen pero no se unen; hacen esas cumbres, intercambian discursos, posan para la foto, pero no son capaces de unirse para hacer frente juntos a la banquería internacional que nos gobierna, a la usura de la deuda externa que nos está estrangulando, al derrumbe de los precios de todo lo que vendemos. Si los presidentes se unieran quizá se podría hacer algo para no asistir con fatalismo a esta suerte de imposición universal de la desdicha como destino al que pretenden condenarnos. Pero allí tienes otro aporte al nuevo diccionario.
-¿Cuál?
-El nuevo nombre de la dictadura financiera es comunidad internacional; cualquier cosa que hagas para defender lo poco que te queda de soberanía es un atentado contra la comunidad internacional, no un acto de legítima defensa contra la usura que practica la banquería que gobierna el mundo y a la cual cuanto más le pagás más le debés. Por eso, en un país como Argentina está desmantelado todo, la economía, el estado, la identidad colectiva de la gente que ya no sabe quién es, para qué es, de dónde viene o a dónde va. Hay un vaciamiento espiritual que simétricamente corresponde al vaciamiento material de un país saqueado hasta las telarañas.

Invasión

Por José Pablo Feinmann
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La idea de la “invasión” es parte constitutiva de los sectores dirigentes de la Argentina. Ocurre lo mismo en muchos otros países. Ocurre, invariablemente, con aquellos sectores que se sienten dueños del territorio, del suelo, de eso que llaman “la patria”, de eso que sienten les pertenece desde los orígenes y sobre cuyas esencias deben velar incansablemente. La patria, creen, es de ellos, pueden compartirla (algo que suelen llamar “pluralismo”) pero si aquellos a quienes les abren las puertas de la co-participación quieren ser también, como son ellos, dueños de la patria, la alarma cunde. Se está en presencia de la “invasión”. La “invasión” es el fin de la “patria”, ya que la “patria” sólo puede ser encarnada y defendida por sus verdaderos dueños y no por los recién llegados a quienes el “pluralismo” ha abierto puertas que acaso jamás debieran abrirse. Pero los dueños de la patria atraviesan etapas de apertura y de cierre. De políticas de ampliación (democráticas) y políticas de clausura (dictaduras). Hoy, ahora, en medio de una etapa de apertura, de cautelosa y atenta “tolerancia” ha aparecido, una vez más, el concepto de “invasión”, que es un concepto-alarma. El motivo radica en la posible integración del doctor Eugenio Zaffaroni a la Corte Suprema de Justicia. Sucede algo, por decirlo así, “incómodo” con el doctor Zaffaroni. Es un hombre de izquierda, sector político desde el que más que habitualmente proviene la siempre latente y presente y amenazante “invasión”. ¿Qué es lo que hace de Zaffaroni un hombre de la “izquierda ideológica”? Mariano Grondona (que tiene un olfato excepcional para detectar y señalar los intersticios por los cuales la “invasión” incesantemente se produce) dice que Zaffaroni es de izquierda porque viene del Frepaso, porque es un juez “garantista” o de “línea blanda” ante el “desafío creciente de la delincuencia”, porque está en contra de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y es partidario de la extradición de militares argentinos a tribunales extranjeros. Las pretendidas sutilezas (son, en rigor, groserías) que destilan estos párrafos son fácilmente desmontables. Veamos. Zaffaroni es “de izquierda” porque pertenece a la “línea blanda” ante el “desafío creciente de la delincuencia”. Al describir a la delincuencia como un “desafío creciente” se desautoriza la “línea blanda”. ¿Cómo es posible ser “blando” ante un “desafío creciente”? Lo es porque la izquierda es así: en el fondo, está del lado de los delincuentes. Pide justicia social y no represión. Y si no pide represión es porque la izquierda detesta la represión. Y si la detesta es porque la represión la incluye. Y si la incluye es porque la izquierda (como bien sabemos todos) es una forma de la delincuencia. Una forma de la invasión. Tanto la delincuencia común como la “izquierda ideológica” son amenazas para la propiedad, de aquí que la izquierda proteja a los delincuentes. Se protege, en verdad, a sí misma. Es “blanda” con el delito porque si fuera “dura” debería endurecer el aparato represivo y la izquierda –por ser siempre en última instancia– una forma de alteración del orden desea un aparato represivo débil, ya que uno “fuerte” podría volverse contra ella. De modo que ya lo saben, ya saben lo que los dueños del poder saben desde siempre: la izquierda ideológica pide “línea blanda” porque su misión es debilitar el aparato represivo, al que teme y al que, en algún momento, sabe, deberá enfrentar. (Para los dueños de la patria, para los que viven para impedir la “invasión”, “zurdos” y “delincuentes” son dos caras de un mismo des-orden.)
No obstante, en épocas de modales cautelosos, los custodios del suelo patrio abren las puertas de su pluralismo y aceptan al culto y, en verdad, respetable jurista Zaffaroni en la Corte. “Siempre que el nuevo ministro (dice impecablemente Grondona) no represente la punta de lanza de una invasión (...) En tal caso, la alarma se justificaría” (La Nación, 6/7/003). ¿Quiénes son los “alarmados” por la “punta de lanza” de la”invasión”? (No me voy a extender sobre la expresión “punta de lanza”. Me podría hacer una fiesta con esto. Con sus reminiscencias a los malones del siglo XIX o a las belicosas montoneras, luego redivivas en el siglo XX por esos jóvenes tan díscolos de los años setenta que parecen abundar tanto en este gobierno. Pero aconsejaría a Grondona revisar con su analista esta simetría cuasi inconsciente entre “punta de lanza” e “invasión”.) Bien, los “alarmados” son quienes, ante todo, educadamente, tienen “reservas”. Estas decisiones, dice Grondona (siempre, claro, refiriéndose a Zaffaroni en la Corte como “punta de lanza”), “suscitan fuertes reservas en sectores moderados de la opinión pública y en opositores como el doctor Ricardo López Murphy”. Sería aconsejable detenernos en este concepto: “sectores moderados de la opinión pública”. Dejemos al doctor López Murphy, al fin y al cabo un opositor. No, hay algo más puro que eso, más atendible. Son, justamente, los “sectores moderados de la opinión pública”. Esta gente exquisita –a la cual el doctor Grondona sin duda expresa desde su columna– vive ajena a los extremos. Quiere un devenir racional y estable para el país. Ese devenir siempre tuvo enemigos. Esos enemigos fueron los sectores no-moderados de la opinión pública, que incluyen a personajes tan “invasores” como el doctor Zaffaroni, que no es “moderado” pues pertenece a la “izquierda ideológica”. Así, el austero columnista se instala en el “centro” entendido como “moderación”. Desde este “centro” él (en nombre de los “sectores moderados” a los que expresa) se preocupa por la aparición de estos personajes ajenos al universo de lo moderado y pertenecientes a –horror– la “izquierda ideológica”. Queda, de este modo, dibujado un país de gente sensata, equilibrada, ajena a los extremos y que vive en estado de moderación, cosa que le permite juzgar con propiedad y advertir los peligros de los excesos, de los desvíos, de las “invasiones”.
Lo que late en este discursito inocente, pluralista y tolerante es la amenaza de siempre. Hoy, nosotros nos ponemos la máscara de la moderación. No bien ustedes, luego del izquierdista Zaffaroni, nombren en la Corte a otro izquierdista y a otro y a otro en otra parte y a otro en la Policía y a otro en el Ejército y a otro en Economía y a otro en Educación y a otro en Interior y a otro donde sea que ya no nos guste para nada a nosotros, nosotros nos vamos a sacar la máscara del pluralismo y la tolerancia. Porque somos los dueños del país y estamos aquí para impedir que este país sea invadido. Hoy somos, cálida y hasta candorosamente, los “sectores moderados de la opinión pública”. Pero siempre que haga falta (como siempre que lo hizo) seremos los iracundos cruzados que impedirán que este país sea invadido, que deje de ser lo que es y lo que será y debe ser por sobre todas las cosas, nuestro.
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MASIOSARE: DOMINGO 5 DE MARZO DE 2000

La transición mexicana y la corrupción
¿‘Democracia o Estado mafioso?
Carlos FAZIO
Más allá de la lucha contra la corrupción como bandera electoral, las evidencias disponibles indican que México corre el riesgo de convertirse en un narcoestado, o en un "Estado mafioso", debido al complicado tejido entre el crimen organizado y los aparatos del poder. El resquebrajamiento del antiguo régimen ha propiciado, entre otras cosas, que las facciones, mafias y organizaciones criminales que formaron parte de la llamada "familia revolucionaria" cobraran autonomía y multiplicaran su poder. El desgaste del viejo modelo se hizo evidente durante el sexenio salinista, periodo en el que se produjeron tres asesinatos de Estado. Pero fue más notorio durante el actual mandato constitucional de Ernesto Zedillo
El Padrino
A finales de enero, en Washington, la presidenta nacional del PRI, Dulce María Sauri Riancho, afirmó que la corrupción en su partido es sólo "un problema de imagen". La mayoría de sus miembros, dijo, son "personas honorables"; los corruptos están afuera. Muchos mexicanos no opinan así­. Empezando por el candidato presidencial del PAN, Vicente Fox, quien acaba de señalar que el partido oficial está lleno de "narcos" y "rateros". Para Agustín Basave, correligionario de Sauri, la corrupción en México es una suerte de "esquizofrenia moral" y "una hipocresía ética" elevada a rango constitucional. Ya antes, en 1975, durante su campaña presidencial, José López Portillo había dicho que "quien habla de corrupción y es un corrupto, se convierte en cínico".
Lo anterior viene a cuento a raíz de la campaña anticorrupción lanzada por el candidato priista Francisco Labastida. Sin duda, se trata de un tema de moda. El affaire Kohl, en Alemania, y el caso del presidente de Israel, Ezer Weizman, revelan en nuestros días que se trata de un asunto democráticamente globalizado. Tanto que incluso las autoridades del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial han lanzado una "cruzada" contra la corrupción, ya que la ubican, junto con el mal gobierno, como causas de la pobreza.
Apenas el 3 de febrero, en Cancún, el presidente del BM, James Wolfensohn, denunció que en México hay "grandes problemas de corrupción". Y en su reporte correspondiente a 1997, la Universidad de Gottinga, Alemania, ubicó a México como el sexto país más corrupto de una lista de 52. Sólo fue superado por Paquistán, Rusia, Colombia, Bolivia y Nigeria. Para Stephen Morris, en México la corrupción tiene un carácter estructural: "Es un mecanismo crucial en el singular estilo de gobernar". Es como el sello de la casa. Su identidad genética. Ha sido el modus operandi del régimen presidencialista y del PRI. La costumbre, la tradición, han dado como resultado una inefable cultura de la ilegalidad. El efecto corruptor se ha vuelto epidémico: en México ser corrupto es más fácil que ser honesto. La extorsión, el chantaje, el pacto por afuera de la regla se han vuelto las normas de la convivencia. México es un país de infractores, de gente fuera de la ley. Lo que supone la ausencia de un estado de derecho. Como dice Basave, "ser pragmático implica ser corrupto". El intercambio de lealtades y complicidades es un círculo vicioso que nunca termina. Con otro componente básico, consustancial a las reglas no escritas del sistema: la impunidad sin fin.

La mafiya rusa: ¿caso test?
El fenómeno de la corrupción tiene muchas aristas. Una manera de abordar el problema es identificar las amenazas al proceso de democratización de México que surgen del fortalecimiento de estructuras del crimen organizado; de la "narcotización" de la política y de una nueva "economía criminal" -según la expresión utilizada por Manuel Castells- que, con eje en una corrupción y una impunidad estructurales propias del sistema presidencialista mexicano -y que abarcan a las instituciones, al gobierno y a la clase política- podría conducir a una desintegración de la sociedad y derivar en la conformación de un nuevo Estado oligárquico autoritario de tipo delincuencial o mafioso.
Partimos de la hipótesis de que la imagen que muestra a un aparato estatal mexicano asediado por los criminales "en busca de protección para sus viles actos" carece de veracidad. Creemos que existen dinámicas más complejas y mezclas mucho más íntimas entre las estructuras criminales y estatales, donde una amplia red de actores están completamente integrados en los niveles operativos de la economía criminal.
Cabe aclarar que el crimen organizado es un concepto más amplio que el narcotráfico. El narcotráfico es sólo el principal instrumento de acumulación de redes mucho más amplias, en las que el porcentaje que proviene exclusivamente de esa actividad significa, de manera aproximada, 40% de sus ingresos, mientras que el otro 60% lo consiguen a través de su penetración en la sociedad y el Estado, muchas veces a través de empresas y actividades en apariencia legales.
Tal vez como una manifestación perversa de la mundialización -el hecho estructural de nuestra época-, el crimen organizado se ha trasnacionalizado y opera a través de redes globales descentralizadas. Se trata de una nueva manifestación del "capitalismo salvaje", ya que no respeta ninguna forma de regulación de naturaleza jurídica o moral, imprescindibles en toda sociedad para mantener las condiciones de vida civilizada.
Hoy por hoy, el ejemplo típico de un Estado dominado por la criminalidad organizada es Rusia. Tras la caída del Muro de Berlín y la autodisolución de la Unión Soviética, sobrevino una transición caótica e incontrolada del estatismo al capitalismo salvaje. El Estado se retiró mientras emergía la actividad privada dentro de un régimen de tipo capitalista; pero al retirarse generó una situación de vacío de poder, que está siendo ocupada en gran parte por organizaciones criminales, cuyos miembros operan como "capitalistas" extremadamente emprendedores, que incluso han llegado a ocupar papeles propios del Estado y asimilan gran parte de sus funciones.
¿Dónde se origina la mafia? -se preguntaba Pável Voshchanov-. Es simple: comienza con los intereses comunes de políticos, hombres de negocios y gangsters. Todos los demás son rehenes de esta sagrada alianza". Ya en los años setenta, el término mafiya -mafia en ruso- era de uso común para designar los comportamientos delictivos que, en el ámbito de la economía, involucraban a miembros de la nomenklatura del Estado y del Partido Comunista. En la actualidad se puede determinar que la mayor parte de las fortunas acumuladas en los grandes bancos o la capitalización de viejas y nuevas grandes empresas ahora privatizadas -106 mil empresas privatizadas hasta 1994, que representaban 50% del total- son consecuencia del robo, la extorsión y el pillaje, y que los otrora todopoderosos burócratas se han reconvertido en burgueses gracias a métodos mafiosos y a la asesoría del FMI y del Banco Mundial. Algunos informes indican que 20% de los nuevos bancos -más de 2 mil 500 a partir de 1995- forman parte de los circuitos mafiosos.
Manzana podrida
Otro rasgo particular de ese proceso es el fenómeno de la privatización de la violencia. En la Rusia actual se han desdibujado los límites entre las organizaciones criminales y el Estado, en extremo debilitado. Existen más de 5 mil 700 bandas criminales, en pugna entre sí. A su vez, el "aparato de seguridad" del crimen organizado abarca una vasta red de influencia y corrupción que incluye a agentes de la ley, jueces y políticos que están en su nómina, y que utilizan como prácticas comunes la intimidación y el asesinato. Según Castells, "los asesinatos a sueldo se convirtieron en un modo de vida en el mundo empresarial".
Cuando y donde no hay regulación y control por parte de la fuerza legítima del Estado, se impone el control despiadado de las fuerzas ilegítimas de grupos privados violentos. Esa es una lección importante de la historia: "Los mercados sin restricciones equivalen a sociedades salvajes", afirma el estadunidense Marshall Goldman.
Para Giulio Sapelli, la escasez de legalidad produce la contra-institucionalización del gobierno criminal. "Este crea, con un mercado propio, una clase política propia, que regula, administra y reproduce el sistema". Para el autor italiano, el elemento fundamental de la corrupción son las empresas, pues ellas son las constructoras sociales de los mercados, del monopolio y del oligopolio. Se trata de empresas ilegales, que adquieren -como ha demostrado Pino Arlacchi en el caso mafioso- ventajas competitivas a través de la violencia, la evasión fiscal y tributaria, la circulación de enormes masas de capital que derivan de actividades ilícitas, entre las que destaca el narcotráfico.
Lo que caracteriza el sistema de la economía mafiosa y, por ende, la relación entre individuos y empresas dentro de este sistema y con la economía en su conjunto, es una acentuada competencia; pero el arma fundamental de esta competencia está representada por la violencia. La forma empresa es, para los grupos mafiosos, instrumental respecto de la persecución de finalidades ilícitas, y tales finalidades son perseguidas a partir de recurrir a transacciones de mercado y a la vez violentas; se sigue de ello que "la violencia no está eliminada de la economía y que las relaciones de mercado no se desarrollan de maneras formalmente pacificas, sino a través de formas intimidatorias y métodos violentos", señala R. Catanzaro.
La empresa involucrada en el círculo de la corrupción se halla a medio camino entre la sustancialización de la empresa "de mercado casi perfecto" y la empresa "mafiosa". La primera maximiza la utilidad e incrementa confianza y desarrollo a través de la estimación de la confianza. La segunda se convierte en paradigma del uso de la violencia en la economía y puede definirse por tanto como "la economía violenta" de los tiempos modernos.

El PRI: las facciones andan sueltas
Dice Hans Magnus Enzensberger que "tan pronto como la criminalidad se organiza, se convierte, tendenciosamente, en un Estado dentro del Estado". Más allá de los sobornos generalizados -la categoría más baja de la corrupción-, en México existen cada vez más evidencias que involucran de manera directa a funcionarios gubernamentales, gobernadores, políticos, banqueros, empresarios, jefes militares y policiales con las redes criminales.
Ese involucramiento abarca desde la "protección" a los cárteles que se dedican al tráfico de drogas (los casos del general Jesús Gutiérrez Rebollo y del ex gobernador de Quintana Roo, Mario Villanueva con el cártel de Juárez) hasta la participación en las mafias del tráfico de armas, el robo de autos y la industria del secuestro, así como en la logística misma del negocio criminal.
Algunos estados de la República, como Morelos -según han denunciado miembros de la actual Legislatura local-, se convirtieron en paraísos del crimen organizado, en sus formas de narcotráfico y bandas de secuestradores y robacoches; ahí habían sentado sus reales, entre otros connotados elementos del hampa, personajes como Amado Carrillo El Señor de los Cielos y Daniel Arizmendi El Mochaorejas. De comprobarse ante la ley, el paradigma de este tipo de organización criminal sería la que operó en ese estado durante la gestión del gobernador con licencia, general Jorge Carrillo Olea, sujeto a juicio político.
Como en otros países de la región o en Rusia, el análisis de la gran corrupción y la impunidad de las estructuras públicas en México demuestra la simbiosis entre el ejercicio del poder del Estado y la ilegalidad. Pero según nuestra hipótesis, en el caso mexicano existe, históricamente, una relación de subordinación de los agentes del crimen organizado con respecto al poder político. Partimos de la base de que el crimen organizado en México ha sido controlado y administrado por las autoridades políticas y por una elite de poder que son "los verdaderos amos del negocio". Luis Astorga refuta la tesis de un "poder paralelo" enfrentado al del Estado, en un país de centralismo político y presidencialismo exacerbados como México. Astorga habla de una estructura de poder "al interior mismo del Estado".
Ante el resquebrajamiento del antiguo régimen, y en un escenario donde las viejas prácticas de control ya no funcionan, las facciones, mafias y organizaciones criminales que formaron parte de la llamada "familia revolucionaria" al interior del PRI -en un juego de equilibrios, acuerdos y complicidades- cobraron autonomía y multiplicaron su poder.
El desgaste del viejo modelo se hizo evidente durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), periodo en el que se produjeron tres asesinatos de Estado. Pero fue más notorio durante el actual mandato constitucional de Ernesto Zedillo, cuando se registró una violencia generalizada en todo el país.
A lo largo de su gestión, el actual mandatario ha dado muestras de que no pudo disciplinar o conciliar a los jefes de los distintos clanes o familias priistas, aunque algunos analistas interpretan que la designación de Francisco Labastida como candidato presidencial del PRI sella una nueva recomposición de las alianzas. Para Porfirio Muñoz Ledo, la reconciliación entre Labastida y Roberto Madrazo en la residencia oficial de Los Pinos, en noviembre, con la mediación del presidente Zedillo, significó "la reanudación de un antiguo pacto mafioso".

Un Estado dentro de otro Estado
La enmarañada red de intereses económicos, muchos de los cuales son de claro origen ilegal; el mantenimiento de una estructura de poder en la que los negocios se van conjugando con el poder político; la existencia de redes delincuenciales que los facilitan dentro de los organismos de seguridad del Estado y en las propias fuerzas armadas; el funcionamiento de una justicia dependiente y por lo tanto complaciente hacia el poder -como ha quedado demostrado una vez más en nuestros días, a raíz de las aberraciones jurídicas utilizadas contra los presos políticos de la UNAM-, y un Congreso dominado hasta hace poco por el partido oficial y que no ha logrado superar -incluidos los legisladores de la oposición- una cultura presidencialista autoritaria basada en el clientelismo y la corrupción, llevan a pensar en la conformación de un "Estado dentro de otro Estado", con leyes y funcionamiento propios, cuya tendencia es remplazar al propio Estado.
A contracorriente de las teorías de políticos y académicos que afirman que "ya estamos en la democracia" u otras que postulan "el inicio de una transición a la democracia", existe en México la posibilidad real de una involución. En el contexto de una región en vías de democratización, esas tendencias presentan todavía otro dilema: ¿cómo un país con una tradición democrática tan débil podrá enfrentar las amenazas de organizaciones criminales trasnacionales sin sucumbir ante las tentaciones autoritarias de nuevo tipo?
De allí que más bien pensemos en una suerte de transición, de signo regresivo, desde el antiguo régimen paternalista, caciquil y corporativista (el viejo Estado benefactor a la mexicana) hacia un nuevo Estado punitivo de características mafiosas o delincuenciales.
Tales conductas o comportamientos mafiosos -que no aluden a sociedades secretas con fines criminales, altamente centralizadas, con ritos de iniciación y estatutos, como refiere la literatura común sobre la mafia italiana- se basan en el uso de la violencia física (que llega a veces al asesinato) o en la amenaza de la aplicación de la violencia -al margen de las atribuciones coercitivas propias de los órganos del Estado-, y en la utilización de "leyes no escritas" que guardan cierta similitud con códigos de conducta rígidos, del tipo de la omerta siciliana.
De allí que las mafias del crimen organizado -de las que el narcotráfico es sólo su expresión más visible- no sean un fenómeno aislado de la sociedad o una "conspiración" de maleantes en un Estado limpio, sino más bien una especie de empresa, de carácter ilegal, con un pie bien implantado en los sectores cruciales de la sociedad y del Estado: el mundo financiero, los negocios, el aparato judicial, los cuerpos de seguridad y hasta la clase política.
Así parecen confirmarlo cada día los titulares de los diarios, que nos exhiben un nuevo sistema clientelar, de poder financiero y de poder económico, de logias políticas que se entrelazan con logias económicas; el ejemplo más escandaloso es el del Fobaproa. En el fondo, se trata de la privatización de lo público y de la clandestinización de lo privado. En las ocho columnas nos hemos acostumbrado a ver nombres y apellidos como Hank, Salinas, Villanueva Madrid, Carrillo Olea, Gutiérrez Rebollo, Cabal Peniche, Gamboa Patrón, De Prevoisin, Conasupo, TAESA, Labastida...
El auge de la violencia criminal de los cárteles de la droga desde mediados de los ochenta, con la desestabilización resultante de la propia economía ilegal, llevó a una mayor erosión del viejo régimen hegemónico que lleva 70 años ejerciendo el poder en México, y una virtual guerra de mafias en su seno durante el salinismo -con el saldo conocido de un cardenal, un candidato presidencial del PRI y el secretario general del partido oficial asesinados- provocó una mayor debilidad del Estado.
Ante el nuevo estado de cosas, México, como sostuvo el informe final de la justicia suiza sobre los nexos de Raúl Salinas de Gortari con el narcotráfico y el lavado de dinero, está ante la posibilidad real de convertirse en un narcoestado. O en un "Estado mafioso", si, como creemos y en parte está documentado, varias expresiones del crimen organizado están infiltradas en los aparatos de los poderes, federal y locales.
Diversos informes del Departamento de Estado estadunidense han aludido a la narcocorrupción en México. También el ex administrador de la DEA Thomas Constantine se ha referido a los sobornos que reciben militares y funcionarios federales de México de los cárteles de la droga. Pero fue tal vez Stanley Pimentel, quien como agente de la FBI escudriñó a lo largo de diez años a la criminalidad mexicana, el que de manera más llana se refirió al control que ejerce el PRI sobre la delincuencia organizada. En octubre pasado, en un análisis publicado en Tendencias en crimen organizado, Pimentel dejó clara la subordinación de las mafias con respecto al poder político. Habló de un "tercer nivel", donde por encima de las cabezas de los grandes cárteles de la droga hay actores con gran poder económico y político que son quienes, al final de cuentas -dijo- controlan el crimen organizado. Ubicó en un primer nivel a los capos narcos, como "operadores" que trafican y venden la droga. Un segundo nivel es el de sus "protectores" en la policía y el Ejército. El tercero es el de los dueños del negocio.
"En este modelo -afirmó Pimentel-, el sistema de crimen organizado es llamado a respaldar a la oligarquía. El control y la iniciación vienen desde arriba, desde quienes ostentan el denominado poder legítimo y sus agentes de control social. Los capos de la droga, como buenas vacas lecheras, son protegidos, se les ordeña, y cuando ya no sirven, se les mete a la cárcel o se les manda a la carnicería".
En esa lógica interna del poder, donde lo legal y lo ilegal se mezclan de manera estrecha, ciertas preguntas apuntan hacia la tesis del narcoestado o el Estado mafioso: ¿es posible mantener el control del poder enfrentando esos intereses y sin involucrarse? ¿Es concebible que quienes detentan el poder económico renuncien a esos fabulosos negocios y, por tanto, los dejen en manos de desconocidos?*



UN EMBAJADOR ENTROMETIDO
En octubre de 1997, cuando Marc Perron criticó la corrupción imperante en México, una llamada personal del entonces secretario de Relaciones Exteriores, José Ángel Gurría, a su par canadiense, Lloyd Axworthy, provocó la renuncia del embajador.
A José Castelazo no le fue mejor. Su crítica al sistema político de Costa Rica -publicada en México- le costó ser retirado de la representación mexicana en ese país y la muerte política. Esa vez fue Gurría el que atendió la llamada del canciller costarricense, Fernando Naranjo, ante las "profundamente inadmisibles" declaraciones del diplomático.
Pero al embajador estadunidense en México, Jeffrey Davidow, persistente en sus opiniones sobre asuntos internos del país, la clase política mexicana le ha perdonado todo.
En sus últimas declaraciones, en las que señaló a México como una de las sedes del narcotráfico, comparable con la mafia siciliana, Davidow logró incluso algunos apoyos.
"Me parece que sólo está hablando con la realidad", dijo el candidato panista a la Presidencia, Vicente Fox, mientras que los responsables de enfrentar al narcotráfico en el país atribuyeron las palabras del embajador a "errores de traducción" y "notas malintencionadas".
La Secretaría de Relaciones Exteriores hizo un débil extrañamiento a la embajada estadunidense (que fue recibido por el encargado de negocios, James Derham, porque el embajador no estaba). La Secretaría de Gobernación guardó silencio. Y después de tres días, el "repudio" de funcionarios y legisladores desapareció de las primeras planas de la prensa.
En vísperas de la certificación, los políticos mexicanos descalificaron las declaraciones de Davidow y cuestionaron la autoridad moral del gobierno de Estados Unidos para evaluar las acciones del combate al narcotráfico en los países latinoamericanos.
Pocos fueron los que reclamaron la intromisión del representante estadunidense en los asuntos internos del país.
* * *
De todo habla el embajador Davidow.
Hace un año, en una visita a Chiapas en donde se reunió con el gobernador Roberto Albores Guillén y su gabinete, aseguró:
"No noto signos de tensión ni de conflicto. Me parece muy tranquilo acá... Como extranjero puedo decir, sin embargo, que esperamos que esto (la pacificación) se logre a través de un diálogo en que participen todas las partes. Es importante destacar que quienes tienen quejas tienen la obligación de ir a la mesa de negociaciones".
En julio, advirtió que los partidos políticos mexicanos deberían establecer un mecanismo de vigilancia para "evitar que el dinero del narcotráfico llegue a las campañas presidenciales del 2000". Ya encarrerado, repasó sus lecciones de historia: "El Estado gastó más, hubo crisis cada sexenio y el pueblo sufrió, la gente ha sufrido en México en los últimos 20 años por colapsos".
En noviembre, después de elogiar la contienda interna del PRI, dijo: "Estados Unidos tiene interés en el proceso político mexicano y en que se fortalezca la democracia. Nos interesa un vecino fuerte económica y políticamente hablando".
La semana pasada de plano se llevó los titulares.
"Un hecho que hay que reconocer es que los dueños, los gerentes más importantes en el mundo del flujo del narcotráfico hoy en día son mexicanos, colombianos, dominicanos y rusos -dijo Davidow el jueves 24 en la Universidad del Sur de California-. Esa es la verdad, como el cuartel general de la mafia que estaba en Sicilia, ya los cuarteles de los narcotraficantes están en muchos países y México es uno de ellos".
En plena disputa electoral, los partidos se subieron al ring y condenaron las declaraciones.
Con sus matices: al PAN le preocuparon los efectos en las relaciones bilaterales de ambos países y al PRD que las autoridades mexicanas no hayan sido eficaces en la lucha contra el narco.
Cuauhtémoc Cárdenas dijo que el narco "es una realidad que no podemos negar" y Francisco Labastida (a quien se ha relacionado con el narco) optó por no opinar.
Las críticas más duras salieron del Senado, donde algunos legisladores exigieron una disculpa pública del embajador.
Pero nadie les hizo caso.
Mientras los jerarcas católicos ponían el aderezo ("Tan grave es ser trampolín, como grave es ser alberca", resumió el arzobispo Sergio Obeso), las respuestas oficiales fueron ambiguas.
El vocero presidencial, Fernando Lerdo de Tejada, comentó que las declaraciones "no corresponden con el nivel de cooperación en materia de combate al tráfico de drogas en los dos países".
Y 24 horas después, la SRE reaccionó.
La canciller Rosario Green y el subsecretario para América del Norte y Europa, Juan Rebolledo, estaban de gira por Moscú. El embajador Davidow seguía viajando por su país.
Así que la subsecretaria Carmen Moreno manifestó a James Derham el extrañamiento del gobierno mexicano por las declaraciones de su jefe, pues -argumentó la SRE- "no contribuyen ni reflejan el esfuerzo de cooperación que llevan a cabo México y Estados Unidos en la lucha contra el narcotráfico".
En el mismo sentido se expresó el zar antidrogas de la Casa Blanca, Barry McCaffrey, quien aseguró que Estados Unidos no comparte las opiniones de su representante. El tono, sin embargo, fue muy distinto del que usara Gurría frente a la queja del gobierno de Costa Rica.
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*davidow-jefrey-3 
Davidow no es el único embajador entrometido que ha tolerado el gobierno de Ernesto Zedillo. En octubre de 1997, el entonces representante del Vaticano, Justo Mullor, desató un huracán al afirmar -según él en broma- que en el Ejército Mexicano y la PGR hay "narcomordidas". Gobernación no acababa de articular una respuesta cuando el prelado soltó otra bomba:
Pidió a los mexicanos "defenderse con uñas y con todo lo defendible frente al Estado totalitario", para que no se inculque en los niños una educación racionalista contraria al cristianismo.
La actitud del gobierno mexicano distó mucho de la que una semana antes había tenido con el embajador canadiense, cuyos comentarios fueron considerados "inapropiados para un diplomático".
El caso de Mullor, argumentó simplemente Gurría, aunque "delicado" era "distinto".
(Daniela Pastrana)